Hay una pregunta que utilizo cada vez más cuando hablo de ejercicio y salud: ¿qué cosas que haces ahora te gustaría seguir haciendo cuando tengas 70 u 80 años?
Las respuestas suelen ser bastante normales. Viajar, jugar con los nietos, caminar por la montaña, montar en bicicleta, salir con amigos, subir unas escaleras sin necesitar ayuda o simplemente poder levantarnos del suelo con facilidad.
Curiosamente, pocas veces pensamos en todo eso cuando decidimos empezar a entrenar. Solemos hacerlo por algo que queremos conseguir dentro de dos o tres meses: perder unos kilos, preparar una carrera, encontrarnos mejor para el verano o recuperar la forma después de una temporada sin ejercicio.
Con los años he ido cambiando bastante mi propia forma de entender el entrenamiento. Me sigue gustando estar fuerte, mejorar y marcarme objetivos, pero cada vez pienso más en la reserva física que estamos construyendo para el futuro.
Porque envejecer implica cambios y no tiene demasiado sentido negarlo. Con el paso del tiempo podemos perder masa muscular, fuerza, capacidad cardiorrespiratoria, equilibrio y velocidad. La cuestión interesante es desde dónde empezamos esa pérdida y cuánto podemos hacer para ralentizarla.
Imaginemos dos personas que llegan a los 70 años. Una lleva décadas entrenando fuerza, caminando, cuidando su capacidad cardiovascular y manteniendo una vida activa. La otra ha pasado buena parte de su vida adulta prácticamente sin hacer ejercicio. Las dos han cumplido exactamente los mismos años, pero probablemente no lleguen con la misma capacidad para utilizarlos.
Por eso me interesa tanto la idea de construir reserva funcional. Ganar fuerza ahora no sirve únicamente para levantar más peso la próxima semana. También estamos creando un margen que puede resultar muy valioso cuando inevitablemente empecemos a perder parte de nuestras capacidades.
Y aquí no buscaría una única modalidad de ejercicio. Entrenaría fuerza varias veces por semana, mantendría un buen nivel de actividad diaria y reservaría espacio para el trabajo cardiovascular. También intentaría conservar movilidad, equilibrio y cierta capacidad para movernos rápido. No necesitamos convertirnos en atletas completos, pero tampoco parece buena idea llegar a determinada edad siendo fuertes y no poder caminar a buen ritmo durante media hora, o tener una gran resistencia y ser incapaces de levantarnos con soltura del suelo.
Hay otra parte de la longevidad que me parece incluso más importante. Todo esto tiene que caber en nuestra vida.
Si para estar sano necesitamos vivir permanentemente pendientes de entrenamientos, calorías, métricas y restricciones, quizá nos estemos olvidando de por qué queríamos vivir más años. Una comida con amigos, unas vacaciones o un día en el que no entrenamos porque preferimos estar con nuestra familia también forman parte de una vida saludable.
No sabemos cuánto vamos a vivir y sería absurdo pensar que podemos controlarlo todo. La genética existe, las enfermedades existen y también existe el azar. Pero hay una parte sobre la que sí podemos actuar.
Podemos llegar a los próximos años con más músculo, mejor corazón, más movilidad y una buena capacidad para seguir haciendo cosas.
Cumplir años me parece una magnífica noticia. Mi objetivo es intentar llegar a ellos en las mejores condiciones posibles.
