Foto descanso

Cuando alguien me cuenta que lleva unas semanas entrenando peor, que ha dejado de progresar o que simplemente llega al gimnasio sin demasiadas ganas, solemos buscar la explicación dentro del propio entrenamiento. Revisamos las cargas, el número de sesiones, los ejercicios o si estamos haciendo demasiado volumen. Y muchas veces la respuesta está fuera del gimnasio.

Dormir poco durante una noche no va a echar por tierra todo nuestro trabajo. El problema es cuando cinco o seis horas empiezan a convertirse en lo habitual y pretendemos mantener el mismo ritmo de trabajo, entrenamientos y vida personal como si el cuerpo no se enterara.

El descanso forma parte del proceso de adaptación al entrenamiento. Durante una sesión generamos un estímulo y después necesitamos tiempo y recursos para recuperarnos de él. Esto no significa que tengamos que pasar el día tumbados después de hacer unas sentadillas, pero sí entender que entrenar más no siempre significa mejorar más.

Además, cuando descansamos mal no solo cambia nuestra recuperación muscular. Cambia nuestra percepción del esfuerzo, nuestras ganas de entrenar y, muchas veces, hasta nuestra forma de comer. Seguro que a más de uno le resulta familiar esa sensación después de una noche especialmente mala: cuesta arrancar, apetece menos moverse y resulta bastante más difícil mantener las rutinas que normalmente hacemos sin pensar demasiado.

Por eso, antes de añadir otra sesión semanal o modificar por completo una planificación porque hemos dejado de progresar, merece la pena revisar cómo estamos durmiendo.

No soy especialmente partidario de convertir el sueño en otra competición. Tenemos relojes que nos dicen cuánto hemos dormido, cuánto sueño profundo hemos conseguido, nuestra frecuencia cardiaca nocturna y hasta lo preparados que supuestamente estamos para afrontar el día. Toda esa información puede ser interesante si sabemos utilizarla, pero no debería conseguir que nos levantemos preocupados porque una aplicación nos ha puesto un 68 cuando nosotros nos encontramos perfectamente.

Hay indicadores mucho menos sofisticados que también funcionan. Si te despiertas razonablemente descansado, tienes energía durante el día, entrenas bien y no necesitas vivir enganchado al café para mantenerte despierto, probablemente algunas cosas estén funcionando.

Cuando no es así, empezaría por lo sencillo. Intentaría mantener horarios más o menos regulares, evitaría alargar innecesariamente la noche delante de una pantalla y procuraría dejar un pequeño margen entre el ritmo del día y el momento de acostarme. También revisaría algo tan básico como el dormitorio: temperatura agradable, oscuridad y las menores interrupciones posibles.

Nada de esto resulta demasiado novedoso y precisamente por eso tendemos a buscar soluciones bastante más complicadas.

Podemos invertir mucho tiempo en decidir cuál es el mejor ejercicio, la distribución semanal perfecta o el número exacto de series que debemos hacer. Todo eso tiene importancia. Pero si queremos que nuestro cuerpo responda al entrenamiento, tendremos que darle también la oportunidad de recuperarse.

Hay días para apretar y días para bajar un poco el ritmo. Aprender a distinguirlos también forma parte de entrenar bien.

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