Verdadesymentiras300 (12)

Prácticamente desde que nos levantamos hasta que termina el día llevamos algo en los pies. Zapatos para trabajar, zapatillas para caminar y otras diferentes para entrenar. Hemos conseguido desarrollar un calzado extraordinariamente cómodo y especializado, pero quizá precisamente por eso utilizamos cada vez menos nuestros pies tal y como fueron diseñados.

Entrenar descalzo no es algo nuevo, aunque periódicamente vuelva a ponerse de moda. Y como ocurre muchas veces en el mundo del entrenamiento, enseguida aparecen dos posiciones bastante extremas: quienes consideran imprescindible utilizar calzado para cualquier actividad y quienes defienden que deberíamos hacer prácticamente todo descalzos.

Yo no estaría en ninguna de las dos.

El pie tiene una estructura extraordinariamente compleja y cumple un papel importante en nuestra relación con el suelo. Cuando eliminamos la zapatilla recibimos mucha más información sobre el apoyo y podemos notar cosas que normalmente pasan bastante desapercibidas.

Esto resulta especialmente curioso al hacer una sentadilla. Si la pruebas descalzo puedes prestar atención a cómo distribuyes el peso, qué ocurre con los dedos o si mantienes un apoyo estable durante todo el recorrido. En ejercicios a una pierna esa sensación todavía aumenta más.

También hay movimientos de fuerza donde el tipo de calzado importa bastante. Hacer un peso muerto pesado sobre una zapatilla de running con varios centímetros de espuma bajo el pie probablemente no sea la mejor opción. Queremos transmitir fuerza contra el suelo y estamos colocando entre ambos una superficie blanda que se deforma. En esos casos podemos utilizar calzado específico, una zapatilla con una base más estable o, si el entorno lo permite y estamos acostumbrados, hacerlo descalzos.

Eso no significa que mañana tengamos que salir a correr diez kilómetros sin zapatillas.

Nuestros tejidos se adaptan a aquello que hacemos habitualmente. Si llevamos toda la vida utilizando calzado y cambiamos de repente nuestra forma de caminar o correr, estaremos aumentando mucho la demanda sobre estructuras que quizá no estén preparadas para ello. Como casi siempre, el problema no está necesariamente en la herramienta, sino en la dosis.

Para alguien que quiera empezar a experimentar con el trabajo descalzo elegiría situaciones muy sencillas. Estar más tiempo sin zapatos en casa, hacer algunos ejercicios de movilidad del pie, mantener el equilibrio sobre una pierna o realizar parte del calentamiento y determinados ejercicios de fuerza sin zapatillas puede ser suficiente.

A partir de ahí veremos cómo responde cada persona.

Y, por supuesto, no todo el mundo parte de la misma situación. Ante problemas importantes en los pies, lesiones, alteraciones de sensibilidad o determinadas patologías, esta recomendación necesita individualizarse y probablemente contar con valoración profesional.

Personalmente no veo ninguna necesidad de elegir entre zapatillas o pies descalzos. Utilizo el calzado cuando me aporta algo y puedo prescindir de él cuando no lo necesito.

Tenemos unas zapatillas cada vez mejores, pero debajo de ellas siguen estando nuestros pies. De vez en cuando tampoco viene mal acordarnos de entrenarlos.

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