Durante muchos años hemos relacionado el ejercicio, sobre todo, con objetivos bastante inmediatos: perder peso, ganar músculo, preparar una carrera o simplemente vernos mejor. Son motivos perfectamente válidos para empezar a entrenar, pero con el paso del tiempo he ido dando cada vez más importancia a otro que quizá no resulta tan evidente cuando somos jóvenes: conservar nuestra capacidad física durante el mayor número de años posible.
Cuando hablo de longevidad no pienso únicamente en vivir más. Me interesa mucho más cómo vamos a vivir esos años. Poder viajar, caminar durante horas por una ciudad, subir unas escaleras sin pensarlo demasiado, levantarnos del suelo con facilidad, cargar una maleta o seguir practicando el deporte que nos gusta son cosas absolutamente normales hasta el día en que empiezan a costarnos. Y una parte de lo que hagamos ahora determinará cuánto tiempo podremos seguir haciéndolas.
Aquí el ejercicio tiene mucho que aportar, aunque tampoco creo que debamos complicarlo en exceso. Entrenar dos o tres veces por semana está muy bien, pero nuestra salud no puede depender únicamente de esas horas. Paso buena parte de mi trabajo hablando de entrenamiento y, aun así, cada vez tengo más claro que caminar, levantarnos de la silla, utilizar las escaleras o buscar cualquier excusa para movernos durante el día importa muchísimo. Una persona puede entrenar una hora y pasar las diez siguientes sentada delante de una pantalla. Técnicamente ha entrenado, pero probablemente todavía tenga margen para ser bastante más activa.
Después está el entrenamiento propiamente dicho. Si pensamos en envejecer bien, la fuerza ocupa para mí un lugar especialmente importante. Mantener músculo y ser capaces de producir fuerza tiene una relación directa con algo tan cotidiano como nuestra autonomía. No entrenamos una sentadilla únicamente para tener unas piernas más fuertes; de alguna manera estamos entrenando también nuestra capacidad para levantarnos de una silla dentro de veinte o treinta años.
Pero tampoco convertiría todo en fuerza. Necesitamos cuidar nuestra capacidad cardiovascular, movernos con rangos suficientemente amplios, mantener el equilibrio y no perder por completo la capacidad de reaccionar con cierta rapidez. No hace falta ser un atleta ni entrenar todos los días. De hecho, para la mayoría de las personas seguramente sea mucho más útil encontrar una combinación que puedan mantener durante años que seguir durante seis semanas el programa perfecto y abandonarlo después.
Esto último me parece especialmente importante. En salud tendemos a buscar acciones enormes: empezar una dieta perfecta el lunes, entrenar cinco días por semana, dormir ocho horas desde mañana o cambiar de golpe todos nuestros hábitos. La experiencia me dice que suele funcionar bastante mejor hacer cambios pequeños y conseguir que permanezcan.
Un paseo después de comer parece poca cosa. Dos sesiones de fuerza semanales también pueden parecer insuficientes para quien vive pendiente de las redes sociales. Acostarnos media hora antes, utilizar las escaleras o salir a caminar mientras hablamos por teléfono tampoco parecen decisiones capaces de cambiar nuestra salud. El valor aparece cuando dejamos de pensar en lo que produce cada una por separado y pensamos en lo que ocurre al repetirlas cientos o miles de veces.
Esa es probablemente una de las ideas que más intento aplicar tanto a mi entrenamiento como a mi forma de entender la salud: la suma de muchas pequeñas acciones mantenidas durante mucho tiempo puede producir cambios enormes.
No sabemos cómo estaremos dentro de treinta años y, evidentemente, hay muchas cosas que no podremos controlar. Pero sí podemos intentar llegar hasta allí con músculo, fuerza, capacidad cardiovascular y ganas de seguir moviéndonos. Si además durante el camino nos encontramos mejor, tenemos más energía y disfrutamos entrenando, tampoco parece un mal trato.
