Piensa por un momento en un día cualquiera.
Suena el despertador —probablemente en el móvil—, miramos la pantalla antes incluso de levantarnos, desayunamos deprisa, cogemos el coche o el transporte público y llegamos a un trabajo en el que muchos pasaremos buena parte de la jornada sentados. Terminamos, volvemos a casa, quizá entrenamos una hora y después cenamos delante de otra pantalla. Antes de dormir, una última mirada al teléfono.
Y vuelta a empezar.
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para hacernos la vida más fácil. Podemos trabajar sin movernos de una silla, pedir la compra sin salir de casa, hablar con alguien que está a miles de kilómetros, controlar las luces desde el móvil o recibir la cena en nuestra puerta.
La tecnología nos ha dado cosas extraordinarias y seguirá haciéndolo. El problema no es la tecnología.
El problema aparece cuando construimos una vida en la que prácticamente todo está diseñado para que tengamos que movernos lo menos posible.
Y nuestro cuerpo no parece haber recibido esa actualización.
Una hora de gimnasio no siempre arregla diez horas sentado
Este es uno de los aspectos que más me preocupan de nuestra forma de vivir.
Cada vez encontramos más personas que entrenan varias veces por semana y, sin embargo, llevan una vida tremendamente sedentaria.
Puedes hacer una magnífica sesión de fuerza a las siete de la tarde y haber pasado las diez horas anteriores sentado entre el coche, la oficina y las comidas.
¿Eres una persona activa o una persona sedentaria que entrena?
La diferencia parece simplemente semántica, pero no lo es.
Entrenar es importantísimo, por supuesto. Si tuviera que elegir una de las mejores inversiones que podemos hacer para nuestra salud presente y futura, el ejercicio estaría en los primeros puestos.
Pero nuestra salud no se construye únicamente durante los 45 o 60 minutos que estamos en el gimnasio.
También cuenta todo lo que ocurre entre entrenamientos.
Caminar para ir a algún sitio. Levantarnos de la silla. Utilizar las escaleras. Jugar con nuestros hijos. Hacer la compra. Pasear al perro. Salir a dar una vuelta después de comer.
Ese movimiento que antes formaba parte de nuestra vida cotidiana ha ido desapareciendo casi sin que nos demos cuenta.
Por eso quizá necesitemos dejar de pensar únicamente en “hacer ejercicio” y recuperar algo todavía más básico: ser personas que se mueven.
También hemos empezado a vivir de puertas para dentro
Hay otra paradoja que siempre me resulta curiosa.
Podemos pasar un fin de semana en la montaña, caminar durante horas, estar prácticamente todo el día fuera de casa y terminar diciendo: “Qué bien me ha sentado”.
Después volvemos a nuestra rutina y podemos pasar días enteros desplazándonos de un espacio cerrado a otro.
Casa. Coche. Oficina. Centro comercial. Gimnasio. Casa.
Nuestro organismo necesita distinguir el día de la noche y la luz es una de las señales fundamentales que utiliza para hacerlo. Sin embargo, muchas personas reciben poca luz natural durante el día y muchísima luz artificial cuando ya debería estar anocheciendo.
A primera hora miramos una pantalla en lugar de salir a la calle y por la noche hacemos exactamente lo contrario de lo que ocurriría en un entorno natural: iluminamos la casa y seguimos utilizando móviles, ordenadores y televisores hasta pocos minutos antes de dormir.
No hace falta convertir nuestra vida en un experimento de biohacking para mejorar esto.
Algo tan sencillo como salir al exterior por la mañana, aprovechar la luz natural durante el día y reducir progresivamente la intensidad de la iluminación y el uso de pantallas cuando se acerca la hora de dormir ya supone recuperar señales que nuestro organismo reconoce perfectamente.
Estamos permanentemente conectados, pero pocas veces desconectamos
Hay otro cambio que no tiene que ver directamente con nuestros músculos, pero sí con nuestra salud.
Hace no tantos años existían momentos en los que simplemente no podíamos estar disponibles.
Ahora llevamos el trabajo, los mensajes, las noticias, las redes sociales y el entretenimiento en el bolsillo.
Esperamos un ascensor y miramos el móvil.
Tenemos dos minutos libres y miramos el móvil.
Nos sentamos en el sofá y miramos el móvil.
Incluso caminamos mirando el móvil.
No creo que tengamos que demonizar las pantallas. Yo también utilizo tecnología constantemente y muchas de las cosas que podemos hacer gracias a ella me parecen extraordinarias.
Pero deberíamos aprender a utilizarla sin permitir que ocupe cada espacio libre de nuestro día.
Salir a caminar sin mirar una pantalla, comer hablando con quien tenemos delante o simplemente aburrirnos durante unos minutos se están convirtiendo casi en actos revolucionarios.
Y quizá necesitemos recuperar algunos.
Lo moderno y lo natural no son enemigos
A veces parece que para llevar una vida saludable tenemos que elegir entre dos mundos.
O vivimos conectados a la tecnología o nos marchamos al campo.
No creo que esa sea la solución.
La tecnología puede ayudarnos muchísimo. Podemos medir nuestro entrenamiento, conocer nuestra frecuencia cardiaca, trabajar a distancia, acceder a información extraordinaria e incluso utilizar herramientas capaces de ayudarnos a comprender mejor nuestro propio cuerpo.
La cuestión es utilizar toda esa innovación para vivir mejor, no para sustituir las cosas que nuestro organismo sigue necesitando.
Podemos utilizar un reloj inteligente para controlar nuestros pasos, pero después tenemos que caminar.
Podemos analizar nuestro sueño con un dispositivo, pero seguimos necesitando dormir.
Podemos medir nuestra fuerza con tecnología de última generación, pero tenemos que entrenarla.
Podemos saber cuánto tiempo hemos pasado sentados, pero después tendremos que levantarnos de la silla.
La tecnología proporciona información. La salud sigue necesitando acciones.
La salud suele esconderse en cosas bastante poco sofisticadas
Cuanto más estudio y trabajo alrededor del ejercicio y la salud, más interesante me resulta esta idea.
Buscamos constantemente la última herramienta, el método revolucionario o la estrategia capaz de optimizar nuestro organismo y, sin embargo, seguimos teniendo dificultades para cumplir algunos principios extraordinariamente sencillos.
Moverse todos los días.
Entrenar fuerza.
Mantener una buena capacidad cardiovascular.
Comer razonablemente bien.
Dormir suficiente.
Pasar tiempo al aire libre.
Mantener relaciones sociales.
Descansar.
Ninguna de estas cosas resulta especialmente novedosa. Y quizá por eso reciben menos atención.
Pero cuando hablamos de salud y, especialmente, de longevidad, no deberíamos obsesionarnos únicamente con añadir años a nuestra vida.
Lo realmente interesante es intentar que esos años sean buenos.
Llegar a edades avanzadas pudiendo caminar rápido, levantarnos del suelo, cargar una maleta, jugar, viajar, aprender, entrenar y conservar nuestra independencia.
Para conseguirlo no necesitamos renunciar al mundo moderno.
Necesitamos aprender a vivir dentro de él sin olvidar para qué está diseñado nuestro cuerpo.
Quizá avanzar también consista en recuperar algunas cosas
No propongo volver a vivir como hace cien años. Ni mucho menos.
Pero sí creo que merece la pena preguntarnos si, en nuestra carrera por eliminar cualquier esfuerzo de nuestra vida, no estaremos eliminando también algunas de las cosas que nos mantienen saludables.
Caminar.
Subir escaleras.
Salir al exterior.
Mover nuestro cuerpo.
Descansar cuando llega la noche.
Compartir una comida sin mirar una pantalla.
Utilizar nuestros músculos.
Parece casi demasiado sencillo.
La buena noticia es que no necesitamos cambiar nuestra vida de un día para otro. Podemos empezar recuperando pequeñas cosas.
Camina un poco más. Entrena fuerza. Sal a la calle por la mañana. Levántate regularmente si trabajas sentado. Deja el teléfono lejos durante algunas comidas. Busca espacios al aire libre. Respeta tus horas de sueño.
Y utiliza la tecnología, por supuesto.
Pero haz que trabaje para ti, no al revés.
Porque quizá el verdadero progreso no consista únicamente en conseguir que nuestra vida sea cada vez más cómoda.
Quizá consista en conseguir que, además de más fácil, sea más larga, más activa y, sobre todo, mejor.
